"Magnifica Humanitas" y los vacíos legales: un freno de mano ético que Chile debe escuchar

Frente al avance desregulado de los algoritmos y las limitaciones de la nueva institucionalidad local, la reciente encíclica del papa León XIV nos confronta con la urgencia de legislar desde la razón, el humanismo y la soberanía digital

Por Hernán Zambrano Estay

Como abogado formado en el positivismo jurídico y ajeno por completo a las aulas de teología, suelo mirar las declaraciones que emanan de la Iglesia con una distancia estrictamente secular. Para quien creció al alero de las lecciones del profesor Antonio Bascuñán en la exigente cátedra de Introducción al Derecho de la Universidad de Chile, el ejercicio legal guiado por la razón, el rigor analítico y la libre investigación sitúa a las encíclicas papales en un plano distante. Esas solemnes cartas pastorales que el Papa dirige al mundo para fijar posición sobre temas morales suelen parecernos documentos ajenos, más cercanos al dogma espiritual que a la realidad de nuestros tribunales o al diseño de nuestras leyes. Sin embargo, me he visto forzado a sacudirme esos resquemores iniciales tras analizar a fondo Magnifica Humanitas, publicada a mediados de este año. Se trata de la primera y única encíclica que ha firmado el papa León XIV desde el inicio de su pontificado, y debo admitir que su lectura me impactó: ofrece un diagnóstico crudamente realista de los peligros jurídicos, políticos y laborales que la inteligencia artificial (IA) está desatando, obligándome a confrontar las falencias de nuestra propia legislación bajo una mirada humanista que trasciende los credos.

Para entender el peso de este texto, ayuda mucho conocer a su autor. León XIV se ha perfilado ante la comunidad internacional como un pontífice de una profunda y rigurosa formación intelectual, caracterizado por un estilo personal austero y un pensamiento social marcadamente humanista. No es un místico desconectado del mundo; es un líder que observa con agudeza el devenir geopolítico y económico. En este documento de 110 páginas, no condena la tecnología por sí misma, sino que plantea una analogía brillante: la humanidad se encuentra ante la encrucijada de construir una nueva "Torre de Babel" basada en la arrogancia y la tiranía del control, o unir esfuerzos para edificar el bien común, como quien levanta un templo de fraternidad universal donde cada piedra sirva para cobijar la dignidad humana. Para ello, estructura una síntesis implacable de cinco grandes ejes temáticos: el impacto ético en la dignidad de la persona, la falsedad de la neutralidad algorítmica, los monopolios que condicionan las democracias, la precarización del mercado laboral y los riesgos globales del tecnofascismo y la guerra automatizada.

El texto papal da en el clavo al desmitificar la supuesta "neutralidad" de la inteligencia artificial. Como profesional del derecho, sé perfectamente que todo sistema normativo, contrato o algoritmo arrastra los sesgos y los intereses de quien lo diseña; ninguna herramienta creada por el ser humano está exenta de la rectitud ética de sus constructores. Cuando el documento advierte sobre la concentración del control de datos vitales en manos de un puñado de corporaciones transnacionales —bautizadas allí como las "tierras raras del poder"—, mi alarma regulatoria se enciende de inmediato. En nuestro país acabamos de dar un paso importante con la promulgación de la Ley 21.719, que reforma de manera estructural la protección de datos personales y crea la Agencia de Protección de Datos Personales. Como abogado, reconozco el valor de dotar a esta nueva corporación autónoma de garras reales: potestades para dictar instrucciones obligatorias, auditar de oficio a las empresas, resolver reclamaciones de los ciudadanos y aplicar multas millonarias disuasivas que reemplazan el débil marco anterior. Sin embargo, la advertencia de León XIV expone una realidad incómoda. Mientras en Chile celebramos el nacimiento de una institucionalidad técnica enfocada en sancionar el mal uso de bases de datos o normar los derechos de acceso y rectificación, el avance de la IA va diez pasos por delante de las facultades de nuestra naciente Agencia. El texto papal me demuestra que seguimos construyendo un marco regulatorio tibio y reactivo. La nueva autoridad fiscalizará cómo se almacenan o tratan los datos, pero se queda corta frente a algoritmos predictivos capaces de perfilar conciencias de forma invisible, automatizar sesgos estructurales y condicionar el libre pensamiento y los procesos democráticos de toda una nación mucho antes de que la burocracia estatal logre iniciar un procedimiento administrativo sancionatorio.

El impacto en el mundo del trabajo es otra de las alertas donde el documento endurece el tono, y que me resulta imposible ignorar. Frente a la fascinación empresarial por optimizar costos mediante la automatización masiva, el Papa exige que el éxito económico no se mida solo por el rendimiento o el PIB, sino por la dignidad del trabajador. El ser humano debe seguir siendo el artífice de su propio destino y el centro de la actividad productiva; el trabajo es la herramienta con la que el individuo pule su entorno y aporta al progreso de la sociedad. Nuestra legislación laboral actual no está preparada para contener los despidos masivos por obsolescencia tecnológica ni para regular el trabajo invisible detrás del entrenamiento de algoritmos. El texto es un recordatorio urgente para nuestro Congreso: la estabilidad laboral no es un obstáculo para el desarrollo, sino una garantía de cohesión y progreso social armónico.

Finalmente, donde el documento adquiere una fuerza argumental dramática es en su rechazo absoluto al uso militar de la IA y el despliegue de armas autónomas. Que una máquina carente de conciencia moral, empatía o discernimiento del horror sea capaz de decidir legalmente sobre la vida o la muerte de un ser humano es una aberración jurídica y moral. El llamado de León XIV a un "desarme tecnológico" y a exigir un "control humano significativo" sobre los algoritmos no es un ruego piadoso de sacristía; es una exigencia de supervivencia legal internacional que apela al sentido más elemental de filantropía y paz universal.

Puedo discrepar de la visión dogmática o de fe que inspira al pontífice, pero ignorar la contundencia de su advertencia regulatoria sería una ceguera imperdonable para cualquier librepensador. Magnifica Humanitas me demuestra que la defensa del ser humano frente al avance desregulado de la tecnología no es una bandera exclusiva de la religión, sino un imperativo ético y jurídico urgente que nos convoca a todos por igual. Es hora de que los laicos, los legisladores y los profesionales del derecho en Chile asumamos este debate con la gravedad que merece, para asegurar que el progreso técnico marche de la mano con el perfeccionamiento moral de nuestra sociedad, antes de que los algoritmos terminen legislando por nosotros.

Para evitar que este escenario nos sobrepase, urge que como ciudadanos, profesionales y líderes tomemos una postura activa. Es indispensable un llamado urgente a la autoeducación y a la instrucción profunda en estas materias. La falta de competencias técnicas y de un entendimiento crítico sobre cómo operan estas tecnologías dentro de nuestras empresas e instituciones públicas no es solo una brecha digital; es una vulnerabilidad ciega que arriesga seriamente la gobernanza, el empleo y la seguridad de nuestras organizaciones. Si el sector privado y el aparato estatal aspiran a la sostenibilidad y a resguardar su propia soberanía en la toma de decisiones, sus directivos y equipos deben capacitarse a fondo en la dimensión ética y legal de los sistemas automatizados. El conocimiento ya no es un accesorio técnico, sino la herramienta indispensable para esculpir un futuro donde la máquina sea siempre la escuadra que ordene el progreso humano, y nunca el yugo que lo someta.